Los Años Verdes: Cuando los Trolebuses Electrificaban la CDMX

¡Chilangos nostálgicos, agárrense! En los años setenta, la CDMX rodaba más verde que un parque en primavera gracias a los trolebuses, esos gigantes silenciosos que zumbaban por ejes viales sin escupir humo ni gasolina. Mientras hoy peleamos con micros ruidosas y apps de tráfico, aquellos «trenes en llantas» eléctricos eran la joya ecológica del Servicio de Transportes Eléctricos, conectando la ciudad con cero emisiones y un vibe retro-futurista. Imaginen avenidas como Insurgentes tejidas por cables aéreos, moviendo pasajeros, no alimentando el caos contaminante.

El verdadero auge de estos icónicos vehículos llegó en esa década. Aunque habían arrancado su servicio en 1951, fue en los setenta cuando alcanzaron su esplendor. El panorama en 1970 no era halagüeño: de una flota de 577 unidades, solo 230 estaban operativas debido al abandono. Frente a esto, el STE lanzó un megaplan de rescate: entre 1971 y 1974 rehabilitaron 550 troles, pintándolos de un rojo brillante y diseñando rutas que se alimentaban del flamante Sistema de Transporte Colectivo Metro, recién inaugurado.

Líneas como la 1 de División del Norte o la de Chabacano-Centro bullían de actividad, especialmente con la incorporación de 325 unidades nuevas que recorrían los ejes viales inaugurados en 1979. La red alcanzó una cobertura de 220 kilómetros limpios, sin emitir un solo gramo de CO2. Eran silenciosos, baratos—con un boleto ajustado a unos 20 centavos de la época—y capaces de mover hasta 40 pasajeros por carro, ganándole la partida final al viejo y ruidoso tranvía.

Pero detrás de este brillo idílico se escondían secretos y desafíos. Las tormentas podían derribar los cables, paradas icónicas como el Panteón Dr. Gándara se convertían en cuellos de botella, y el imparable boom automovilístico empezaba a opacar su protagonismo. Aun así, rutas como la de Vicente Guerrero o la Calzada de Tlalpan brillaban con modelos importados Brill y Flyer que parecían naves espaciales para los ojos de la época.

Un hito clave fue 1972, cuando 311 unidades restauradas revivieron la fe pública en el sistema. Para 1979, los trolebuses se habían convertido en la columna vertebral de los nuevos Ejes Viales, haciendo que la Ciudad de México respirara un aire más limpio—en una época donde el humo de los automóviles comenzaba a erigirse como el verdadero villano. Los choferes de entonces, con cariño, los apodaban «los verdes», no solo por su pintura original, sino por ser un oasis de cero emisiones en la era pre-Metrobús, marcada por una congestión cada vez más loca.

Al comparar esa época con la actualidad, el contraste es revelador. En los setenta, una flota de más de 500 trolebuses rehabilitados ofrecía un transporte masivo de emisiones cero. Hoy, aunque el legado eléctrico sobrevive en líneas remanentes e inspira proyectos modernos como el Cablebús, la movilidad en la ciudad depende menos de esa red verde y más de apps, RTP y una flota de microbús que sigue contaminando.

Los años setenta demostraron que la CDMX podía tener un transporte público eco-amigable y eficiente. Los trolebuses fueron héroes silenciosos en la primera batalla contra el smog naciente. Hoy, con un renacer parcial de su concepto, queda la pregunta y el sueño: ¿podríamos revivir esa era verde? ¿Te subirías hoy a un trolebús retro recorriendo Insurgentes?

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