James Joyce llega a San Lázaro con lectura viva

Por Bruno Cortés

 

Entre dictámenes, votaciones y discusiones presupuestales, el Congreso también tiene espacios donde la política baja el volumen y entra la reflexión. En San Lázaro, la Junta de Coordinación Política y las áreas administrativas de la Cámara de Diputados impulsaron un círculo de lectura dedicado a James Joyce, uno de los escritores más influyentes del siglo XX, en una apuesta poco común pero significativa: acercar la cultura y el pensamiento complejo a un recinto que suele asociarse solo con leyes y confrontación.

El encuentro, organizado desde el Espacio Cultural San Lázaro, partió de una idea sencilla pero poderosa: leer a Joyce no como un autor lejano o “difícil”, sino como alguien que habla de la vida cotidiana, de lo que pasa por la cabeza de una persona común mientras camina, recuerda, se frustra o se descubre a sí misma. El director del espacio, Elías Robles Andrade, recordó que este 2026 se cumplen 144 años del nacimiento del escritor irlandés, una figura clave del modernismo literario que rompió con la forma tradicional de contar historias.

Joyce no escribía para explicar el mundo, sino para hacernos sentir cómo lo vivimos. Obras como Dublineses, Ulises o Retrato del artista adolescente no buscan una trama espectacular, sino mostrar cómo la conciencia se mueve, se repite, se contradice y, de pronto, tiene momentos de revelación. Eso que parece menor —un pensamiento, una caminata, una frase— se vuelve central.

Carlos Ramírez Kobra, encargado de la ponencia, llevó esa idea al terreno práctico. Explicó que Joyce entendía la literatura como un experimento radical con el lenguaje: no usar las palabras solo para describir lo que pensamos, sino para producir ese pensamiento. En otras palabras, el lenguaje no es un vehículo neutro, es algo vivo que moldea nuestra forma de entender la realidad.

Para quien nunca ha leído a Joyce, la explicación fue clara: Ulises cuenta un solo día en la vida de una persona en una ciudad enorme y caótica, pero ese día común se convierte en una odisea. Dublineses retrata una ciudad atrapada entre la tradición y la modernidad, donde la frustración y la rutina se repiten hasta que algo pequeño cambia la forma de ver el mundo. En Retrato del artista adolescente, el lenguaje deja de ser fijo y se transforma junto con quien lo habita.

Que estas conversaciones ocurran en la Cámara de Diputados no es casual. También es una forma de política pública: usar los espacios del Estado para fomentar cultura, pensamiento crítico y diálogo, no solo para aprobar presupuestos o reformas. En tiempos de discursos rápidos y redes sociales, detenerse a pensar cómo hablamos y cómo pensamos también es una decisión política.

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