Entre triunfalismo a un mes de la muerte de «El Mencho», omisiones y datos flojos.

 

Carlos Lara Moreno

La narrativa oficial de esta semana deja una constante: el gobierno intenta fijar la idea de conducción firme, pero al revisar los hechos aparecen contradicciones de fondo, evasivas discursivas y, en varios casos, datos francamente endebles.

En seguridad, la mayor fisura está en el caso del CJNG. La versión que parte de que Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, fue abatido el 22 de febrero en Tapalpa ha circulado en prensa, pero el propio discurso gubernamental revela el problema central: si la muerte del líder fue un “golpe histórico”, ¿por qué el secretario Omar García Harfuch admite al mismo tiempo que el CJNG mantiene presencia nacional, alta capacidad operativa y sigue siendo uno de los grupos más peligrosos del país? La contradicción no es menor: o fue un golpe estratégico decisivo, o fue apenas un golpe simbólico con efectos limitados. Los reportes posteriores, además, describen que la organización siguió activa y con capacidad de reacción, lo que debilita la tesis del quiebre estructural. 

En el frente económico, Claudia Sheinbaum sostuvo que es “falso” que la inversión estadounidense en México destruya empleo en Estados Unidos. El problema es que su frase absolutiza un fenómeno mucho más complejo. Sí hay evidencia de que el T-MEC y la integración regional pueden elevar empleo y PIB en Norteamérica; un informe de la USITC proyectó un aumento neto del empleo en Estados Unidos por el acuerdo. Pero de ahí no se sigue que toda relocalización hacia México no produzca pérdidas sectoriales o regionales en territorio estadounidense. La afirmación presidencial borra una discusión real en Washington sobre desindustrialización, reglas de origen y competencia salarial. Es una defensa política del tratado, no una descripción completa del debate. 

Esa misma nota trae un error más claro: atribuye a Marcelo Ebrard funciones de canciller en la revisión del T-MEC, cuando en el gobierno de Sheinbaum Ebrard es secretario de Economía y ha encabezado precisamente las conversaciones comerciales en Washington desde esa posición. Ahí no hay matiz: es un dato incorrecto. 

También en economía y banca aparece otra imprecisión. La versión afirma que el compromiso es elevar el financiamiento del 38% al 48% del PIB hacia 2030, pero las coberturas de la Convención Bancaria y reportes de prensa apuntan a una meta de 45%, no de 48%. La diferencia no es técnica: son tres puntos del PIB de distancia y cambia el tamaño de la promesa. 

Sobre la digitalización de pagos, la presidenta tiene razón en que CoDi no cobra comisiones adicionales, según Banxico. Pero de ahí a plantear una transición acelerada para desplazar el efectivo en casetas y otros pagos hay un salto político que el gobierno todavía no respalda con evidencia de adopción masiva. De hecho, Banxico y la banca están apenas anunciando ajustes regulatorios y operativos para empujar CoDi y DiMo, lo que implica que el problema de uso sigue sin resolverse. Es decir: el diagnóstico oficial reconoce la baja utilización, pero al mismo tiempo vende una implementación casi inmediata. 

En migración, el caso del mexicano Royer Pérez Jiménez sí sostiene la exigencia diplomática mexicana: tenía 19 años, murió bajo custodia de ICE en Florida, la versión inicial estadounidense habla de “aparente suicidio” y la causa oficial seguía bajo investigación. También es verificable que se convirtió en la muerte número 13 bajo custodia de ICE en lo que iba de 2026. El punto débil no está en el hecho, sino en la respuesta política: la Presidencia habla de una nota diplomática “más fuerte”, pero hasta ahora no ha planteado mecanismos adicionales de presión o supervisión independiente. Hay condena verbal, pero el margen real de acción sigue siendo mínimo. 

En el caso de Mónica del Rosario Zambada Niebla, hija de “El Mayo”, Harfuch usó una defensa legalmente cuidada: no fue “detenida”, sino “resguardada”. Esa precisión puede ser jurídicamente útil, pero políticamente funciona como evasiva. La propia cobertura confirma que fue puesta bajo custodia momentánea mientras se verificaba que no existía orden de aprehensión en México ni en Estados Unidos, y que además figura desde 2007 en designaciones de la OFAC ligadas al entorno financiero del Cártel de Sinaloa. El gobierno subraya que eso es administrativo y no penal, lo cual es cierto, pero omite el dato políticamente incómodo: el Estado puede ubicar a personajes del círculo familiar del narco y aun así no cuenta con herramientas penales para actuar. 

En la ayuda a Cuba, la narrativa oficial vuelve a envolverse en la solidaridad histórica, pero esquiva el costo político. Sí está documentado que México ha enviado cargamentos recientes y que este 20 de marzo zarparon apoyos desde Yucatán en el marco del convoy “Nuestra América”, mientras la crisis humanitaria y energética en la isla es real. Pero presentar el tema sólo como respuesta al “bloqueo” omite la discusión sobre la responsabilidad del régimen cubano en el colapso interno. Otra vez: el gobierno escoge el ángulo geopolítico más cómodo y deja fuera la parte más incómoda del expediente. 

En el caso de Pío López Obrador, la línea presidencial también se apoya en una verdad parcial. Sí, el TEPJF confirmó la resolución del INE que cerró el caso al sostener que no había pruebas suficientes para acreditar origen, monto y destino ilícito de los recursos. Pero decir, sin más, que “no cometió ningún delito” diluye el hecho político central: los videos existen, el dinero en efectivo fue recibido y el propio López Obrador habló en su momento de “aportaciones” para el movimiento. Legalmente el caso fue cerrado; políticamente el episodio sigue oliendo a financiamiento opaco. 

Finalmente, en el llamado Plan B, también hay sobreventa política. La cobertura reciente muestra que el acuerdo real con PT y PVEM fue mucho más acotado de lo que sugieren las declaraciones oficiales: apenas algunos puntos de austeridad y ajustes, no una reforma de gran calado. La propia prensa ha documentado que Sheinbaum terminó conformándose con una reforma mínima tras no lograr consenso para sus propuestas más ambiciosas. En otras palabras, el gobierno habla como si controlara el proceso, pero los hechos muestran que tuvo que recular ante sus propios aliados.

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